Acabo de enterarme del fallecimiento de Francisco Rodríguez Pascual. Conocía ya su delicado estado de salud, pero no me imaginaba un desenlace tan rápido.

               Compartí con él, durante unos diez años. docencia en las clases de 7º y 8º de la antigua E.G.B. en el Colegio La Salle de Benicarló.

               Recuerdo una mañana de agosto de principios de los años 80. Estaba en el recibidor del Colegio, matriculando nuevos alumnos. La matrícula, en aquellos tiempos, estaba abierta todo el verano. Atendí a una señora. Pensé que venía a matricular a algún nieto. No era así. Venía a solicitar plaza de profesor para su hijo. Era la madre de Francisco Rodríguez.

              Su titulación coincidía exactamente con lo que el Colegio necesitaba en ese momento. Venía de Barcelona y con experiencia docente ya. Coincidiendo los intereses de las dos partes, no fue difícil llegar a un acuerdo. Su año de prueba se convirtió en un empleo fijo hasta su jubilación. Él consiguió trabajo en Benicarló y el Colegio La Salle dispuso de un magnífico profesor, especializado en el área de Ciencias Sociales.

             Muchos son los recuerdos que se amontonan. ¡Cuántos alumnos se habrán beneficiado de sus magníficas dotes de profesor!

             Aún me parece verle, en las tardes de los sábados, jugando a fútbol, con otras viejas glorias, en el patio del Colegio. ¡Y cuántas partidas de guiñote, en la sala de profesores, tras la comida y el café!

             Muy interesado en el deambular político de España en los primeros años del postfranquismo. Eran frecuentes sus artículos en la prensa provincial y local. Muy bien escritos y sin faltar su pizca de ironía.

             Un año me acompañó en el viaje con los alumnos finalistas de 8º de E.G.B. Fuimos al Valle de Arán. Como anécdota recuerdo que, en la misa dominical, tuve que decirle que no cantase. El oído musical no era su fuerte.

             Un año, al terminar el primer trimestre, pocos días antes de Navidad, fuimos todos los profesores a cenar Als Valentins, pueblecito cercano, ya en Cataluña. El ambiente transcurrió con la habitual alegría de esos acontecimientos. De regreso, ya en la Nacional 340, nos paró la Guardia Civil de Tráfico. ¡A soplar todos los chóferes! No me importaba la multa, ni la retirada del carnet de conducir. Sólo pensaba: Si doy positivo, dirán que han cogido borracho al Director de La Salle  Afortunadamente, aunque por escaso margen, quedé dentro de los límites permitidos. El Guardia que me hizo soplar, hoy capitán José Ríos, había sido alumno mío en mi debut como maestro, en el curso 1958-59, cuando aún íbamos vestidos con sotana. En el siguiente coche iba Francisco Rodríguez, hijo de Guardia Civil y amigo de infancia del que nos hizo soplar. Tras saludarse, le preguntó quién era el chófer del coche anterior. Al contestarle que era el Hno. Pedro Albero, Director del Colegio La Salle, exclamó: ¡Ya me parecía a mí que era él! Pero como nunca le había visto sin sotana, no me he atrevido a preguntarle. ¡Qué bochorno si llego a dar positivo!

              Como compañero de claustro sólo tengo de él buenos recuerdos. Como de sus compañeros y amigos, nacidos todos en 1950, José Mª Aicart y José Antonio Boix. Que el Señor los tenga en su Gloria.

             Como profesor, hay varios alumnos suyos en el actual claustro. Ellos podrán hacerlo mejor que yo.

             No puedo olvidar tampoco su presencia amistosa y activa en las comidas de final de curso de estos últimos años. Don Francisco: Te recordaremos muchos años.

                                            Hno. Pedro Albero   

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